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“Diferencias” que nos separan…

Por: Paloma Cuevas R.

Las mujeres aprendemos desde pequeñas (casi casi desde que comienza el estereotipo de utilizar “rosita para las niñas” y “azul para los niños”) que existen roles que la sociedad espera que seamos capaces de desempeñar y que en caso de incumplimiento generarán una demanda de esas tamaño caguama (obviamente refiriéndonos a la tortuga gigante) con todo tipo de manipulación y chantaje…

Entre esos roles están la forma en la que nos conducimos con moldeada a través de frases castradoras y coartantes: “Las niñas bonitas no hacen caras”, “las niñas bien educadas sonríen”, “las niñas no gritan”, “las niñas son dulces”, “las niñas buenas no tienen relaciones sexuales antes del matrimonio”, “las niñas deben ser hacendositas, tiernas y no mal contestan” y demás estereotipos que nos van limitando y recortando como personas, convirtiéndonos en un modelito estándar. El problema con la estandarización consiste justamente en eso, en la falta de oportunidad para “lo diferente”.

Yo desde chiquitita me asumí “diferentita”, así lo decían mis tías las amargadas y mi abuela la beata de closet, que odiaba de mí hasta mi forma de caminar, si por ella hubiera sido me habría metido de monja, cortado el cabello, silenciado la boca y hecho caminar como tabla, con eso de que yo provocaba al “demonio” y me atraía todo el infierno con mi “salerito” (no podemos omitir decir aquí que la mujer era una española del siglo más que pasado).

Creo que entre más me hablaban de prohibiciones más ganas me entraban de hacer “lo prohibido”, porque seguro sería algo muy interesante, o muy bueno, o muy placentero si es que se encontraba tan fuera del alcance y tan silenciado…

Lo más extraño es que a los niños que crecen en nuestras mismas casas los educan con una moral “distinta”, ellos deben ser en palabras de los mismos padres que a nosotros nos piden ser muñequitas de aparador: “cabrones”, nada dejados, “los niños no lloran”, “aguántese como los machos”, “ah, ¿tiene muchas novias? ¡Qué cabrón es mi hijo!” y demás gotitas de sabiduría por el estilo, generando una conducta por demás confusa y a mi gusto un tanto estúpida…

Justo en una discusión familiar el otro día y mencionando la permisividad hacia las conductas “libertinas” de los hombres y la forma en que las mismas conductas son condenadas por la sociedad cuando son llevadas a cabo por mujeres, alguien del sexo masculino respondió cuando le preguntaron el porqué de que a sus 35 años no ha contraído matrimonio, su respuesta me hizo reír: -“Me casaré con la mujer que al invitarla a ir conmigo a un hotel, me responda enojada con un par de bofetadas” – y luego remató con orgullo: -“Hasta ahora nadie lo ha hecho”.-

Ante lo que no pude evitar comentarle: -“Supongo que todas las que han aceptado irse contigo al hotel, no se merecen el honor de ser tus esposas por ser “unas putas”, y supongo también que el dechado de virtudes con el que pretendes casarte únicamente tendrá actividad sexual con fines reproductivos que no afecten la idealización que se tiene de las madres…”

“Mi recomendación sería que te acuestes con otros hombres y de ese modo ambos serían unos cabrones y no tú un cabrón y ella una “suripanta” además de una “cándida imbécil”.

En un mundo donde la violencia de género es el pan de cada día, donde los feminicidios abundan y donde aún se piensa que los hombres deben cuidar “la honra de la familia” (nunca he entendido como la honra cabe en un himen que por cierto al parecer es un mito, ojalá alguien pueda algún día explicármelo con peritas y manzanitas), esta educación doble moralina cargada de juicios errados y de información culpabilizadora tiene mucho que ver con la preservación y normalización de la convivencia destructiva.

De nada valen las políticas públicas que solicitan igualdad, si de base quienes son los encargados de aplicarlas, y quienes deben solicitar su correcta ejecución se encuentran limitados por el sesgo de su educación.

Considero que la tan ponderada equidad será posible el día que seamos capaces de respetar las decisiones de los otros sin creernos con el derecho a juzgarlos, el día que aceptemos que “las niñas bonitas” se aburren terriblemente y que las mujeres que se asumen como tales son capaces de decidir sobre su sexualidad, descargando las culpas ancestrales de la tradición judeo-cristiana, viviéndose como seres sexuales y sexuados, cargados de hormonas que son capaces de sentir placer, de disfrutarlo, compartirlo  y exigirlo…

A fin de cuentas: ¡la vida es muy corta para fingir orgasmos y para silenciarnos en pos del qué dirán!

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