El efecto Calleja: ir al espacio está pasando de gran aspiración de la humanidad a un "Ryanair con cohetes"
Cuando Andy Davis abrió sus regalos de cumpleaños aquella tarde de 1995, estaba a punto de certificar uno de los cambios más importantes del imaginario cultural del siglo XX norteamericano: la muerte de Western y la consagración del astronauta como gran figura aspiracional.
Porque, perdonadme la expresión, pero cómo molaban los astronautas. Hablamos de personas que se preparaban durante décadas, que arriesgaban su vida cada puñetero segundo y que lograban hazañas que nosotros, simples mortales, no podíamos ni imaginar. No había nada más glamuroso y guay que ser astronauta.
Ahora la cosa ha cambiado.
El ciclo de vida de todo medio de transporte. Cuando se inventó el tren, primero hubo curiosidad. Luego, miedo. Más tarde, lujo. Y, finalmente, el Rodalías de Barcelona o el tren de Extremadura. Es ley de vida: una especie de modelo Kübler-Ross de la percepción social de los medios de transporte.
Con los aviones pasó lo mismo. De los primeros vuelos de prueba pasamos al Espíritu de Sant Luis, después a los lujosos aviones de los años 60 y, ahora, un servicio manifiestamente malo que solemos asociar a las aerolíneas lowcost, pero que afecta a todo el sector.
En el espacio, estamos viviendo ese proceso y lo estamos viviendo muy muy rápido.
Pero ¿por qué? En el fondo, lo que estamos viendo es el desarrollo lógico de la privatización de la carrera espacial. Y es que, como llevamos señalando años, lo que se ha privatizado ahora no es el espacio. El espacio lleva privatizado ya muchos años. Lo que estamos viviendo es la privatización del sueño espacial.
O, dicho de otra forma, lo que hemos visto es el nacimiento de empresas que están sabiendo aprovechar la retórica espacial para encontrar financiación (ganándole la partida a las grandes agencias).
Detrás de toda esa retórica espacial… La nueva carrera espacial no va de «convertirnos en una especie interplanetaria» ni de llevar «turistas al espacio». La nueva carrera especial va, por ahora, de financiar el desarrollo de una infraestructura muy cara, muy lucrativa y que será indispensable en el futuro.
Cuando Jeff Bezos decía que la gran batalla está en quien se encarga de sacar los dispositivos de la Tierra (la infraestructura básica de la nueva carrera espacial o, como el mismo dijo, el ‘Amazon Web Services’ del Espacio) llevaba razón, pero se quedaba corto. Hay muchos servicios críticos que van a depender de lo que ocurra ahí arriba.
El turismo (y la ‘banalización’ del espacio) es clave en todo esto. Desde que Dennis Tito se convirtiera en el primer turista espacial en 2001 (y contando los seis del último viaje de Jesús Calleja) unas 84 personas han ido al espacio a hacer algo que podríamos denominar como «hacer turismo».
Es decir, Jesús Calleja es un síntoma de esa progresiva banalización del espacio, sí; pero ya teníamos muchísimos ejemplos previos. La clave está en llevar el análisis un paso más allá: en entender que la ‘democratización’ de los viajes espaciales vienen a sustituir la épica espacial de los años de la Guerra Fría.
Es su «aggiornamento», su versión contemporánea: el relato que sirve para seguir moviendo los engranajes del desarrollo de la industria espacial. Por eso tiene sentido que vaya al espacio una estrella de televisión, por eso tiene sentido querer abaratar costos, por eso tiene sentido llevar a mucha gente. Porque como ocurre con las lowcost, el negocio es otro.
Y, en condiciones normales, sería algo muy interesante. Al fin y al cabo, el siglo XX nos ha enseñado que cada euro invertido en el espacio es un euro invertido en mejorar las condiciones de este planeta. Históricamente, el retorno de la inversión es enorme y esa ha sido una de las grandes palancas que han permitido seguir invirtiendo en él.
Sin embargo, conforme van pasando los años y vemos que la carrera empresarial deriva rápidamente en una lucha de poder, cabe preguntarse si la transferencia de conocimiento seguirá siendo tan efectiva. Si, de una forma u otra, la privatización del espacio será también la privatización de todo lo bueno que podamos aprender de él.
Imagen | Club of the Future